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VNIVERSITAS

ANACRONISMOS CULTURALES

17 Septiembre 2015 , Escrito por ALGOCAST

 

Por: José Alejandro Vanegas Mejía                   jose.vanegasmejia@yahoo.es

 

Por muy informal que sea una reunión de amigos, siempre es posible introducir en ella unos minutos para tratar temas de interés. Podríamos llamarlos ‘Cinco minutos para la cultura’ o ‘Cinco de recreo’, como titulaba el doctor Samuel Jiménez Nieto su columna en un periódico local. Lo importante es alimentar el intelecto mientras, aparentemente, se pierde el tiempo.

En las Acotaciones del viernes pasado criticamos errores frecuentes en el ejercicio del periodismo. Como el tema es de nunca acabar, relacionemos esas fallas con la cultura universal. El tema de estas Acotaciones nos viene a la memoria porque una vez escuchamos en una de nuestras emisoras la intervención de un comentarista. En medio de la algarabía que es costumbre en estos espacios radiales, cuando uno de ellos pudo al fin hacerse oír, expresó, refiriéndose al encargado oficial del deporte en el Distrito: “Ese funcionario es como el caballo de Troya, que donde pisaba no volvía a crecer la hierba”. En esa infortunada expresión hay mucho más que un simple anacronismo. Lástima que la corta extensión de una columna periodística no nos permita explotar todo lo que podría obtenerse de semejante despropósito. Pero sí podemos sacar espacio para ilustrar a los lectores sobre la famosa frase. Se le atribuye a Atila, rey de los hunos y conocido como ‘el azote de Dios’. No se refería él en forma concreta a uno de los seis caballos que estuvieron a su servicio y a lomo de los cuales invadió el Imperio romano de Oriente y la Galia; el más famoso de sus nobles bestias se llamó Othar. Quien causaba desolación y exterminio no era su caballo de turno sino el propio Atila. En este caso, si vamos a los adornos de los que se vale la literatura, diremos que se toma el instrumento (caballo) por el agente que causa el efecto (Atila). Esa figura retórica se llama metonimia.

A propósito del tema que nos ocupa, es conveniente afirmar que muchos personajes de la historia universal son recordados no tanto por lo que hicieron sino por sus fieles compañeros de batalla. Babieca es tan famoso como su dueño, el Cid. Rocinante va unido siempre a Don Quijote. No separamos a Bucéfalo de Alejandro Magno. Algunos de estos equinos han quedado en el olvido; pero Mahoma estuvo siempre agradecido por los servicios que le prestó Lazlos, su primer caballo. Sería injusto no mencionar en esta relación a Pegaso, cabalgadura de Zeus; a Strategus y su propietario, Aníbal, y a Incitatus, el caballo de Calígula. El nombre de Simón Bolívar se asocia a su famoso corcel Palomo.

La pregunta que nos surge es esta: ¿Qué relación existe entre los caballos mencionados y la ocurrencia de anacronismos? Lo que deseamos criticar es la ligereza o el poco rigor con que se afirman hechos que en el tiempo van separados por años y, muchas veces, por siglos. El episodio del caballo de Troya, con el cual los griegos engañaron a los troyanos habría ocurrido, según lo relata Homero en La Ilíada, entre los siglos XVI y XII antes de Cristo. Las gestas de Atila sobre sus caballos datan del siglo V de nuestra era. Como vemos, contrario a la afirmación del periodista mencionado, el caballo de madera abandonado por los griegos y llevado a Troya durante la famosa guerra, nunca hubiera podido arrasar la hierba de sitio alguno.

 

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LA CORRECCIÓN ORTOGRÁFICA EN EL PERIODISMO

11 Septiembre 2015 , Escrito por José A. Vanegas Mejía

Por: José Alejandro Vanegas Mejía                           jose.vanegasmejia@yahoo.es

 

Corregir o insinuar mejores formas de expresión escrita a compañeros del mismo oficio significa, ni más ni menos, aplicar la autocorrección. Y eso es exactamente lo que debemos hacer al dar por terminado un artículo para periódicos, revistas o cualquier otro medio de difusión impresa. Hay que leer lo propio antes de que se consolide en las páginas que con más o menos interés pasarán bajo la vista de los lectores. Y más cuidado debemos tener si pensamos que muchos de esos lectores se acostumbraron a nuestras columnas periodísticas y nos regalan parte de su tiempo buscándolas y leyéndolas. Algunos, además, se toman la molestia de criticarlas, cosa que agradeceremos siempre. Menos mal que los periódicos de la ciudad agradecen las correcciones que se les formulan, aunque muy pocas veces las toman en cuenta. Ellos saben que se trata de un intento desinteresado de prestarles ayuda.

Casos frecuentes de incorrección literaria --principalmente errores ortográficos-- tienen su origen en la vinculación de jóvenes sin preparación académica a los medios de comunicación. Las emisoras especializadas en programas de farándula están llenas de animadores que basan su sintonía en expresiones grotescas y vulgares, que comparten con un público oyente igualmente vulgar.

Pero esa impreparación no es exclusiva de los medios de comunicación de nuestra ciudad. Un periodista de El Tiempo, Andrés Hurtado García, hace el siguiente comentario sobre un programa radial que él escucha: “El noticiero es delicioso. Casi todos los días dicen barbaridades con un aplomo que aterra. Los lectores suelen ser universitarios. Hablando de los esposos Curie los llamaron Curry (sic). Está bien que no sepan francés, pero de allí a confundir a los físicos descubridores del radio con una conocida salsa, hay una distancia infinita.” Por otra parte, el periodista Antonio Caballero manda a casi todos los periodistas a estudiar historia, y critica a las facultades de periodismo y comunicación. En todo caso, en total más o menos 15 años de estudios estériles.

No podemos entender por qué muchos, muchísimos profesionales del periodismo incurren en errores elementales contra nuestro lenguaje y ni siquiera intentan superar sus deficiencias; cada día refuerzan y hasta incrementan su “léxico personal”. Me atrevo a decir que mejor redacción encontramos en textos de niños de primaria. El licenciado y especialista en lengua española Luis Jorge Guerrero Pavajeau no se cansa de señalar errores y de explicar con ejemplos la forma correcta en cada caso. Sin embargo, parece tiempo perdido; sus recomendaciones caen en terreno árido porque los posibles beneficiados marchan en rauda carrera hacia el precipicio. Han perdido (o nunca han tenido) el bagaje necesario para desempeñarse como periodistas, bien sea de prensa, radio o televisión. Todavía no se han dado a la tarea de comprender que debe decirse “veintiuna, treinta y una o sesenta y una casas” en vez de “veintiún casas, treinta y un casas o sesenta y un casas”, como si ‘casa’ fuese sustantivo masculino. ¡Y pensar que ahora, bajo el rótulo ‘comunicación social’ pretenden abarcar los tres aspectos mencionados!

Aún estoy tratando de saber si ‘Don Berna’ le pidió perdón a la familia del humorista Jaime Garzón o, por el contrario, fue la familia del asesinado periodista quien suplicó ese perdón al conocido delincuente. Tal fue la confusión que me produjo el siguiente titular de prensa que leí el lunes pasado: “El perdón de ‘Don Berna’ a la familia de Jaime Garzón”. Hay que ponerle seriedad a la digna profesión de periodista.

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