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VNIVERSITAS

HAY QUE SACAR TIEMPO PARA LEER

16 Septiembre 2016 , Escrito por ALGOCAST Etiquetado en #COLABORADORES INVITADOS

HAY QUE SACAR TIEMPO PARA LEER

Por: José Alejandro Vanegas Mejía                                         jose.vanegasmejia@yahoo.es

Conocemos más a Mark Twain que a Samuel Langhorne Clemens, el escritor estadounidense autor de obras famosas entre las que se encuentra ‘Las aventuras de Tom Sawyer’ (1876). El origen de las obras de Mark Twain es su propia vida: fantasea, recopila recuerdos; todo lo que plasma en sus narraciones hace parte de su experiencia vital. Solo escapa a esa característica su novela histórica ‘El príncipe y el mendigo’. En su conjunto, la obra de Twain comprende libros de viaje, novelas y relatos. Escribió algunos ensayos. Al hablar de sus libros de viaje hay que mencionar ‘Los inocentes en el extranjero’ (1869), donde el autor expone en forma satírica sus experiencias como turista provinciano por tierras de Europa y Palestina. En 1872 publicó Mark Twain una descripción muy emotiva bajo el título ‘Pasando fatigas’; relata allí sus andanzas como minero y periodista en Nevada, California y Hawai. Más tarde apareció ‘Un vagabundo en el extranjero’ (1880). Esta es una sátira en la cual combina anécdotas, historias, personajes y relatos humorísticos, todo con Alemania como telón de fondo. La misma fórmula aplica, pero esta vez sobre la India y Australia, en el libro ‘Siguiendo el Ecuador’.

     Dos conocidas novelas de Mark Twain, ‘El príncipe y el mendigo’ y ‘Juana de Arco’ no recibieron grandes elogios de la crítica. En cambio ‘Un yanqui en la corte del rey Arturo’, publicada en 1889, ha sido calificada como novela de ideas. En ella Hank Morgan, perito industrial, desembarca en la Inglaterra medieval y la convierte en una “utopía industrial para después destruirla en un Apocalipsis tecnológico”. Aparte de sus novelas históricas Mark Twain publicó otras de características diversas; entre ellas tenemos ‘La edad dorada’, ‘El conde americano’, ‘El cabezahueca Wilson’ y ‘Los gemelos extraordinarios’. En las dos últimas el autor vuelve al Missouri de su infancia; cambia identidades de señor y esclavo para presentar en forma magistral el tema de la libertad y la esclavitud, tan sensible en el sur de los Estados Unidos.

     Mark Twain había dicho: «Vine al mundo con el cometa Halley en 1835. Vuelve de nuevo el próximo año, y espero marcharme con él. Será la mayor desilusión de mi vida si no me voy con el cometa Halley. El Todopoderoso ha dicho, sin duda: “Ahora están aquí estos dos fenómenos inexplicables; vinieron juntos, juntos deben partir. ¡Ah! Lo espero con impaciencia”». Su predicción se cumplió: Twain murió en Redding, Connecticut, el 21 de abril de 1910 de un ataque al corazón, un día antes del retorno del cometa a la Tierra. Debe recordarse que Mark Twain ejerció el periodismo, oficio en el que se inició desde muy joven como tipógrafo. También fue inventor, aunque con muy poco éxito. Fracasó en todas las empresas financieras que quiso crear y, para colmo de males, cuando todo estaba dispuesto para la publicación de ‘Tom Sawyer en el extranjero’, que desarrolla una circunnavegación del mundo en globo, una editorial se le adelantó con la publicación de ‘Cinco semanas en globo’, de Julio Verne.

     ‘Las aventuras de Huckleberry Finn’, publicada en 1885, es la obra maestra de Twain. Combina la excelente caracterización de los personajes con la perfecta urdimbre de las acciones; además, la atmósfera creada por el autor da paso al chispeante humor que se le conoce en sus obras para niños y jóvenes. Que esta nota sea un pretexto para familiarizarnos con la narrativa de Mark Twain, quien nació el 30 de noviembre de 1835.

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LA LECTURA Y EL LIBRO IMPRESO

7 Septiembre 2016 , Escrito por JOSÉ ALEJANDRO VANEGAS MEJÍA Etiquetado en #COLABORADORES INVITADOS

Por: José Alejandro Vanegas Mejía                                   jose.vanegasmejia@yahoo.es

Mucho se habla sobre la desaparición del libro en un futuro tal vez más cercano de lo que pensamos. Es un debate que se inicia, se suspende y, en todo caso, se elude. La culpa de que esta posibilidad se materialice la atribuyen al desarrollo incontrolable de la informática. Internet sería el verdugo del placer indescriptible de abrir un libro para apropiarse de su contenido. Los defensores del libro dicen que jamás desaparecerá esa invaluable herramienta que nos pone en contacto con el saber universal. En manifestación romántica afirman que nada hay más grato que el olor a libro, sensación que no se percibe cuando leemos un texto en la pantalla del computador. Como debate al fin, los pros y los contras serán interminables. Lo que nadie niega es que a través de los libros la humanidad ha perpetuado los conocimientos: la ciencia, las artes y todos los saberes no habrían llegado hasta nosotros si los escribas, amanuenses y notarios de la historia no los hubiesen consignado para la posteridad. Más tarde llegó Gutenberg y la actividad lectora comenzó a masificarse.

En una de mis Acotaciones de hace varios años me refería a la importancia de la lectura. Recordaba entonces cómo en la revista ‘Selecciones, del Reader’s Digest’ encontré un tesoro que reforzó mi pasión por la lectura. Pero alguien me hizo ver que hay otras formas de llegar a la lectura. Su teoría es que lo importante es leer, no importa el camino escogido. Y es cierto. Hoy forman legiones las personas que se iniciaron con historietas o comics, con lecturas apresuradas de ‘Chanoc’, ‘El Santo’, ‘El Zorro’, ‘Tarzán, ‘El llanero solitario’ y tantas otras por el estilo. Estos lectores, que muchas veces eran niños escapados de sus escuelas, se “echaban la leva” para devorar esa literatura popular que, no hay duda, los volvieron lectores. Alquilaban o intercambiaban esos manoseados textos y la personalidad de sus héroes imaginarios los invadía hasta el extremo de imitar sus gestos. Después de leer una novelita de vaqueros del Oeste norteamericano no era raro encontrar al pequeño lector caminando con los brazos separados del cuerpo y las manos crispadas cerca de los bolsillos de sus pantalones, exactamente como lo hacían los cazarrecompensas. Nada interesante quedaba en sus mentes, pero aprendieron a leer.

Volviendo a ‘Selecciones, del Reader’s Digest’, esta revista traía veintiséis artículos para ser leídos así: uno cada día laborable durante el mes. Al terminar el último ya estaba la siguiente edición a disposición del público. De su contenido recuerdo algunas secciones que no podían “dejarse para después”: ‘La risa, remedio infalible’, ‘Gajes del oficio’, ‘Así es la vida’, ‘Citas citables’, ‘Temas de reflexión’, ‘Mi personaje inolvidable’ y ‘Enriquezca su vocabulario’. Además, encontrábamos en ‘Selecciones’ la sección ‘Noticias del mundo de la medicina’, encargada de mantenernos informados sobre los últimos avances en el campo de la salud. Pero nada era comparable con ‘Sección de libros’, que presentaba en forma resumida el texto de una obra literaria de algún renombre. El primer ejemplar de esta revista se publicó en 1922, en inglés. En 1940 apareció la primera edición en español.

El ‘Almanaque mundial’ también contribuyó a la formación de lectores; la combinación de datos importantes sobre países, por ejemplo, y resúmenes relacionados con la actualidad internacional, han hecho de esta publicación un manual de consulta para millones de lectores. ¿Superaremos pronto el promedio de 1.9 libros leídos en un año?

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