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VNIVERSITAS

LA MAESTRA

6 Abril 2012 , Escrito por ALGOCAST Etiquetado en #GUIONES DRAMÁTICOS

LA MAESTRA

 

PERSONAJES

1.      La Maestra

2.      Juana Pasambú

3.      Pedro Pasambú

4.      Tobías el Tuerto

5.      La Vieja Asunción

6.      Sargento

7.      El Viejo (padre de la maestra)

 

(En primer plano una mujer joven, sentada en un banco. Detrás de ella o a un lado van a ocurrir algunas escenas. No debe haber ninguna relación directa entre ella y los personajes de esas escenas. Ella no los ve y ellos no la ven.)

--LA MAESTRA: Estoy muerta. Nací aquí, en este pueblo. En la casita de barro rojo con techo de paja que está al borde del camino, frente a la escuela. El camino es un río lento de barro rojo en el invierno y un remolino de polvo rojo en el verano. Cuando vienen las lluvias, uno pierde las alpargatas en el barro y los caballos y las mulas se embarran las barrigas, las enjalmas y hasta la cara y los sombreros de los jinetes son salpicados por el barro. Cuando llegan los meses de sol, el polvo rojo cubre todo el pueblo. Las alpargatas suben llenas de polvo rojo, y los pies y las piernas y las patas de los caballos y las crines y las enjalmas y las caras sudorosas y los sombreros, todo se impregna de ese barro y de ese polvo rojo, y ahora he vuelto a ellos. Aquí, en el pequeño cementerio que vigila el pueblo desde lo alto, sembrado de hortensias, geranios, lirios y espeso pasto. Es un sitio tranquilo y perfumado. El olor acre del barro rojo se mezcla con el aroma dulce del pasto yaraguá y hasta llega, de tarde, el olor del monte, un olor fuerte que se despeña pueblo abajo (Pausa.) Me trajeron al anochecer. (Cortejo mudo, al fondo con un ataúd.)  Venía Juana Pasambú, mi tía.

--JUANA PASAMBÚ: ¿Por qué no quisiste comer?

--LA MAESTRA: Yo no quise comer. ¿Para qué comer? Ya no tenía sentido comer. Se come para vivir y yo no quería vivir. Ya no tenía sentido vivir. (Pausa) Venía Pedro Pasambú, mi tío.

--PEDRO PASAMBÚ: Te gustaban los bananos manzanos y las mazorcas asadas untadas de sal y manteca.

--LA MAESTRA: Me gustaban los bananos manzanos  y las mazorcas asadas, y sin embargo, no los quise comer. Apreté los dientes.  (Pausa.) Estaba Tobías el Tuerto, que hace años fue corregidor.

--TOBÍAS EL TUERTO: Te traje agua de la vertiente, de la que tomabas cuando eras niña en un vaso hecho con hoja de rascadera y no quisiste beber.

--LA MAESTRA: No quise beber. Apreté los labios. ¿Fue maldad? Dios me perdone, pero llegué a pensar que la vertiente debía secarse. ¿Para qué seguía brotando agua de la fuente? Me preguntaba. ¿Para qué?  (Pausa)  Estaba la vieja Asunción, la partera que me trajo al mundo.

--LA VIEJA ASUNCIÓN: ¡Ay mujer! ¡Ay niña! Yo, que la traje a este mundo. ¡Ay niña! ¿Por qué no recibió nada de mis manos? ¿Por qué escupió el caldo que le di? ¿Por qué mis manos que curaron a tantos, no pudieron curar sus carnes heridas? Mientras estuvieron aquí los asesinos…

(Los acompañantes del cortejo miran en derredor con terror. La vieja sigue su planto mudo mientras habla la Maestra)

--LA MAESTRA: Tienen miedo. Desde hace un tiempo el miedo llegó a este pueblo y se quedó suspendido en el aire como un inmenso nubarrón de tormenta. El aire huele a miedo, las voces se disuelven en la saliva amarga del miedo y el rayo cayó sobre nosotros.

(El cortejo desaparece. Se oye un violento redoble de tambor en la oscuridad. Al volver la luz, allí donde estaba el cortejo, está un campesino arrodillado y con las manos atadas a la espalda. Frente a él un sargento de policía.)

--SARGENTO: (Mirando una lista.)  ¿Vos respondés al nombre de Peregrino Pasambú?  (El viejo asiente.)  Entonces vos sos el jefe político de aquí  (El viejo niega).

--LA MAESTRA: Mi padre había sido dos veces corregidor. Pero entendía tan poco de política, que no se había dado cuenta de  que la situación había cambiado.

--SARGENTO: Con la política conseguiste esta tierra, ¿cierto?

--LA MAESTRA: No era cierto. Mi padre fue fundador del pueblo. Y como fundador le correspondió su casa a la orilla del camino y su finca. Él le puso nombre al pueblo. Lo llamó: “La Esperanza”.

--SARGENTO: ¿No hablás, no decís nada?

--LA MAESTRA: Mi padre hablaba muy poco. Casi nada.

--SARGENTO: Mal repartida está esta tierra. Se va a repartir de nuevo. Va a tener dueños legítimos, con títulos y todo.

--LA MAESTRA: Cuando mi padre llegó aquí, todo era selva.

--SARGENTO: Y también las posiciones están mal repartidas. Tu hija es la maestra de escuela, ¿no?

--LA MAESTRA: No era ninguna posición. Raras veces me pagaron el sueldo. Pero me gustaba ser maestra. Mi madre fue la primera maestra que tuvo el pueblo. Ella me enseñó y cuando ella murió, yo pasé a ser la maestra.

--SARGENTO: ¡Quién sabe lo que enseña esa maestra!

--LA MAESTRA: Enseñaba a leer y escribir y enseñaba el catecismo y el amor a la patria y a la bandera. Cuando me negué a comer y a beber, pensé en los niños. Eran pocos, es cierto pero ¿quién les iba a enseñar? Ya no tenía sentido leer y escribir. ¿Para qué han de aprender el catecismo? ¿Para qué han de aprender el amor a la patria y a la bandera? Ya no tiene sentido la patria ni la bandera. Fue mal pensado, tal vez, pero eso fue lo que pensé.

---SARGENTO: ¿Por qué no hablás? No es cosa mía. Yo no tengo nada que ver, no tengo la culpa. (Grita.) ¿Ves esta lista? Aquí están todos los caciques y gamonales del gobierno anterior. Hay orden de quitarlos del medio para organizar las elecciones.  (Desaparecen El Sargento y El Viejo)

--LA MAESTRA: Y así fue. Lo pusieron contra la tapia de barro, detrás de la casa. El sargento dio la orden y los soldados dispararon. Luego el sargento y los soldados entraron en mi pieza y, uno tras otro, me violaron. Después no volví a comer, ni a beber y me fui muriendo poco a poco. (Pausa.) Ya pronto lloverá y el polvo rojo se volverá barro. El camino será un río lento de barro rojo y volverán a subir las alpargatas y los pies cubiertos de barro y los caballos y las mulas con las barrigas llenas de barro y hasta las caras y los sombreros irán, camino arriba, salpicados de barro.

 

                                                         Enrique Buenaventura. “Los papeles del infierno”.

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