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VNIVERSITAS

LOS HABLADORES

22 Abril 2012 , Escrito por ALGOCAST Etiquetado en #GUIONES DRAMÁTICOS

 

                             LOS-HABLADORES.jpg

El  entremés que incluimos a continuación es de la autoría de Miguel de Cervantes Saavedra. Presentamos una adaptación libre en la cual hemos suprimido algunos parlamentos y actualizado el lenguaje utilizado ya que en el texto original aparecen  arcaísmos y  muchas expresiones cuya sintaxis dificultaría la comprensión del mismo. Hemos tratado en lo posible, ser fieles al texto. De otra parte, nuestro interés es ofrecer un guión que pueda ser interpretado con facilidad por grupos estudiantiles de teatro .

 

L O S  H A B L A D O R E S

 

PERSONAJES:

 ROLDÁN

SARMIENTO

DOÑA BEATRIZ, su mujer

INÉS, criada

UN PROCURADOR

UN ALGUACIL

 

La acción  ocurre en el año 1600.

ACTO ÚNICO

Calle.

ESCENA I

 

PROCURADOR, SARMIENTO, y detrás ROLDÁN, en hábito roto con su espada y calcillas.

SARMIENTO.-Tome, señor Procurador; que ahí van los doscientos ducados, y le doy mi palabra que aunque me costara cuatrocientos, le daría otra  cuchillada de otros tantos puntos.

PROCURADOR.-Usted ha hecho como caballero en dársela, y como cristiano en pagársela; y yo llevo el dinero, contento de resolver el problema y él se remedie.

ROLDÁN.- ¡Ah, caballero! ¿Es usted procurador?

PROCURADOR.-Sí lo soy; ¿qué es lo que desea usted?

ROLDÁN.- ¿Qué dinero es ese?

PROCURADOR.-Me lo dio este caballero para indemnizar a quien dio una cuchillada de doce puntos.

ROLDÁN.-Y ¿cuánto es el dinero?

PROCURADOR.-Doscientos ducados.

ROLDÁN.-Vaya usted con Dios.

PROCURADOR.-Dios guarde a usted. (Vase.) 

ESCENA II

 ROLDÁN, SARMIENTO.

ROLDÁN.- ¡Caballero, caballero!

SARMIENTO.- ¿Me habla a mí, gentil hombre?

ROLDÁN.-A usted hablo.

SARMIENTO.-Y ¿qué es lo que usted desea?

ROLDÁN.-Cúbrase usted; que si no, no hablaré palabra.

SARMIENTO.-Ya estoy cubierto.

ROLDÁN.-Señor mío, yo soy un pobre hidalgo, tengo necesidad, y he sabido que usted ha dado doscientos ducados a un hombre a quien había dado una cuchillada; y si usted quisiera, vengo a que usted me dé una adonde usted quiera; que yo lo haré por cincuenta ducados menos que el otro.

SARMIENTO.-Si no estuviera tan disgustado, me obligara a reír usted; ¿Lo dice de veras? pues venga acá: ¿piensa que las cuchilladas se dan sino a quien las merece?

ROLDÁN.-Pues ¿quién las merece más que la necesidad? ¿No dicen que tiene cara de hereje? Pues ¿dónde estará mejor una cuchillada que en la cara de un hereje?

SARMIENTO.-Usted no debe de ser muy leído; que el proverbio latino no dice sino “necessitas caret leye”, que quiere decir, que la necesidad carece de ley.

ROLDÁN.-Dice muy bien usted; porque la ley fue inventada para la quietud, y la razón es el alma de la ley, y quien tiene alma tiene potencias: tres son las potencias del alma: memoria, voluntad y entendimiento. Usted tiene muy buen entendimiento, porque el entendimiento se conoce en la fisonomía

SARMIENTO.-Por el diablo que acá me trajo, esto es lo que yo necesitaba, después de haber pagado doscientos ducados por una cuchillada.

ROLDÁN.- ¿Cuchillada dijo usted? está bien dicho: cuchillada fue la que dio Caín a su hermano Abel, aunque entonces no había cuchillos; cuchillada fue la que dio Alejandro Magno a la reina Pantasilea, para quitarle a Zamora la bien cercada; pero advierta usted que las heridas se dan de dos maneras, porque hay traición y alevosía: la traición se comete al Rey; la alevosía, contra los iguales...

SARMIENTO.-Váyase al diablo, que me deja sin juicio; cállese, que me muero, y pienso que algún demonio tiene en esa lengua.

ROLDÁN.-Dice usted muy bien; porque quien tiene lengua, a Roma va; yo he estado en Roma y en la Mancha, en Trasilvania y en la Puebla de Montalbán: Montalbán era un Castillo, de donde fue señor Reynaldos; Reynaldos era uno de los doce Pares de Francia, y de los que comían con el Emperador Carlomagno en la mesa redonda, porque no era cuadrada ni ovalada. En Valladolid hay una plazoleta que llaman el Ochavo; un ochavo es la mitad de un cuarto, un cuarto se compone de cuatro maravedís; el maravedí antiguo valía tanto como ahora un escudo; dos maneras hay de escudos; hay escudos de paciencia y hay escudos...

SARMIENTO.-Dios me la dé paciencia para oirlo; cállese, que me lleva perdido.

ROLDÁN.-Perdido dijo usted, y dijo muy bien; porque el perder no es ganar; hay siete maneras de perder: perder al juego, perder la hacienda, el trato, perder la honra, perder el juicio, perder por descuido una sortija o un lienzo, perder...

SARMIENTO.-Termine ya, con el diablo.

ROLDÁN.- ¿Diablo, dijo usted? y dijo muy bien; porque el diablo nos tienta con varias tentaciones: la mayor de todas es la de la carne; la carne no es pescado; el pescado es flemoso; los flemáticos no son coléricos. De cuatro elementos está compuesto el hombre: de cólera, sangre, flema y melancolía; la melancolía no es alegría, porque la alegría consiste en tener dinero; el dinero hace a los hombres, los hombres no son bestias, las bestias pacen; y finalmente...

SARMIENTO.-Y finalmente me quitará usted el juicio; pero le suplico, me escuche, sin decirme una palabra (Aparte, se dirige al público) Se me ocurre una idea. (alto). Caballero: ¡querría usted hacerme un favor?

ROLDÁN: ¿Un favor? Cuente usted conmigo. Que no sea para pedirme dinero, claro, porque si es para eso, da en hueso. Los huesos de la cabeza son seis: un frontal, dos parietales, un occipital, un...

SARMIENTO: Calle y escuche, por favor. yo tengo una mujer, la más buena del mundo, pero también la más habladora que existió, existe y existirá por los siglos de los siglos.

ROLDÁN: Amén.

SARMIENTO: Me he visto muchas veces resuelto a matarla por su habladuría, como otros por las obras: remedios he buscado, ninguno ha servido; a mí me ha parecido que si yo llevase a usted a mi casa, y hablase con ella seis días quedaría curada para siempre. Véngase usted conmigo,  se lo suplico; que yo quiero fingir que usted es mi primo, y con esta excusa estará usted en mi casa.

ROLDÁN.- ¿Primo dijo usted? ¡Oh, qué bien dijo usted! Primo decimos al hijo del hermano de nuestro padre; primo, a un zapatero de obra prima; prima es una cuerda de guitarra; la guitarra se compone de cinco órdenes; las órdenes mendigantes son cuatro; cuatro son los que no llegan a cinco; con cinco estaba obligado a reñir antiguamente el que desafiaba de común…

SARMIENTO.- ¡Cállese!, ¡Cállese! por Dios, y véngase conmigo; que allá dirá lo demás.

ROLDÁN.-Camine delante usted; que yo le pondré esa mujer en dos horas muda como una piedra; porque la piedra...

SARMIENTO.-No le escucharé una palabra.

ROLDÁN.-Pues camine; que yo  curaré a su mujer.

(Vanse.)

MUTACIÓN

Sala en casa de Sarmiento. Una estera arrollada, etc., etc.

ESCENA III

 DOÑA BEATRIZ, INÉS.

BEATRIZ.- ¡Inés! ¡Hola! (Llamando.) ¡Inés! ¿Qué digo? ¡Inés! ¡Inés!

INÉS.-Ya voy,  ya voy, señora, señora, señora.

BEATRIZ.-Bellaca, desvergonzada, ¿cómo me contestas tú con ese lenguaje? ¿No sabes que la vergüenza es la principal joya de las mujeres?

INÉS.-Usted, por hablar, cuando no tiene de qué, me llama doscientas veces.

BEATRIZ.-Pícara, el número doscientos es número mayor, debajo del cual se pueden entender  cientos mil, añadiéndole ceros; los ceros no tienen valor por sí mismos.

INÉS.-Señora, ya la entendí, ya le entendí; dígame usted lo que tengo de hacer

BEATRIZ.-Y la prosa es para que traiga la mesa para comer vuestro amo; que ya sabe que anda disgustado, y un disgusto en un casado es causa de que levante un garrote, y comenzando por las criadas y remate con el ama.

INÉS.-Pues ¿hay más de sacar la mesa? voy volando.

(Vase.)

ESCENA IV

 

DOÑA BEATRIZ, SARMIENTO y ROLDÁN. Después INÉS.

SARMIENTO.-¡Hola!¿No está nadie (Dentro.) en esta casa? ¡Doña Beatriz, hola!

BEATRIZ.-Aquí estoy, señor; ¿Por qué  viene  gritando?

SARMIENTO.- (Saliendo.) Mire que traigo este caballero, soldado y pariente mío, convidado; Trátelo muy bien, que va a pretender presentarse en la corte.

BEATRIZ.-Si usted va a la corte, lleve advertido que la corte no es para Carlos tan encogido; porque el encogimiento es linaje de bobería, y el bobo está cerca de ser desvalido, y lo merece; porque el entendimiento es luz de las acciones humanas, y toda la acción consiste...

ROLDÁN.-Escuche, escuche, suplico a usted; que bien sé que consiste en la disposición de la naturaleza, porque la naturaleza obra por los instrumentos corporales y va disponiendo los sentidos; los sentidos son cinco: andar, tocar, correr y pensar y no estorbar; toda persona que estorba es ignorante, y la ignorancia consiste en no caer en las cosas; quien cae y se levanta, Dios le dé buenas Pascuas; las Pascuas son cuatro, la de Navidad, la de Reyes, la de Flores y la de Pentecostés; Pentecostés es un vocablo exquisito...

BEATRIZ.- ¿Cómo exquisito? mal sabe usted de exquisitos; toda cosa exquisita es extraordinaria: la ordinaria no admira; la admiración nace de cosas altas; la más alta cosa del mundo es la quietud, porque nadie la alcanza; la más baja es la malicia, porque todos caen en ella; el caer es forzoso, porque hay tres estados en todas las cosas; el principio, el aumento y la declinación.

ROLDÁN.-Declinación dijo usted y dijo muy bien; porque los nombres se declinan, los verbos se conjugan; y los que se casan se llaman con este nombre, y los casados son obligados a quererse, amarse y estimarse, como lo manda la Santa Madre Iglesia; y la razón de esto es..

BEATRIZ.-, -¿Qué es esto marido? ¿Tenéis juicio? ¿Qué hombre es este que habéis traído a mi casa?

SARMIENTO: Calma mujer que solo estará siete años con nosotros

BEATRIZ.-¿Siete años? malos años; ni una hora, que reventaré, marido.

SARMIENTO.-¡Hola! Traiga acá la comida.

INÉS.- (Saliendo.) ¿Convidados tenemos? Aquí está la mesa.

ROLDÁN.- ¿Quién es esta señora?

SARMIENTO.-Es criada de casa.

ROLDÁN.- Una criada, que se llama en Valencia fadrina, en Italia masara, en Francia gaspirria, en Alemania filimoquia, en la corte sirvienta en Vizcaya moscorra,y entre pícaros daifa. Venga la comida alegremente; que quiero que me vean comer según las formas de la Gran Bretaña.

BEATRIZ.-Aquí no hay que hacer, sino perder el juicio, marido; que reviento por hablar.

ROLDÁN.-¿Hablar dijo usted? y dijo muy bien: hablando se entienden los conceptos; éstos se forman en el entendimiento; quien no entiende, no siente; quien no siente, no vive; el que no vive, está muerto; un muerto échalo en un huerto.

BEATRIZ.- ¡Marido? ¡Marido!

SARMIENTO.- ¿Qué quieres mujer?

BEATRIZ.-Echadme de aquí este hombre, con los diablos, que reviento por hablar.

SARMIENTO.-Mujer, ten paciencia; que hasta cumplidos los siete años no puede salir de aquí; porque he dado mi palabra, y estoy obligado a cumplirla, o no seré quien soy.

BEATRIZ.- ¿Siete años? Primero veré yo mi muerte. ¡ Ay! ay! ay!

INÉS.-.Esto quiere usted ver delante de sus ojos? Mírela ahí muerta. (Se desmaya)

ROLDÁN.- ¡Jesús! ¿De qué le ha dado este mal?

SARMIENTO.-De no hablar.

ALGUACIL.- (Dentro.) Abran a la justicia! Abran a la justicia!

ROLDÁN.- ¡La justicia! ¡Ay, pobre de mí! que yo ando huyendo, y si me conocen me han de llevar a la cárcel.

SARMIENTO.-Pues, señor, el remedio es que se meta en esa estera; las habían quitado para limpiarlas, y así se podrá librar; que yo no hallo otro sitio.

(Métese Roldán en la estera.)

 

Escena V

 Dichos. El ALGUACIL.

ALGUACIL.- ¿Era para hoy el abrir esta puerta?

SARMIENTO.- ¿Qué es lo que usted desea que viene tan furioso?

ALGUACIL.-El señor Gobernador, manda que, aunque usted ha pagado los doscientos ducados de la cuchillada, venga usted a darle la mano a este hombre, y se abracen y sean amigos.

SARMIENTO.-Quería comer ahora.

ALGUACIL.-El hombre está aquí junto, y luego se volverá usted a comer despacio.

SARMIENTO.-Vamos, y entretanto, poned la mesa.

(Vanse todos, menos Roldán, Beatriz e Inés.)

INÉS.-Vuelve en ti, señora; que si de no hablar te has desmayado, ahora, que estás sola, hablarás cuanto quisieres.

BEATRIZ.-Gracias a Dios, que ahora descansaré del silencio que he tenido.

ROLDÁN.-(Sacando la cabeza de la estera.) ¿Silencio dijo usted? y dijo muy bien; porque el silencio fue siempre alabado de los sabios, y los sabios hablan a tiempo y callan a tiempo, porque hay tiempos de hablar y tiempos de callar; y quien calla otorga, y el otorgar es de escrituras, y una escritura necesita  tres testigos, y si es de testamento cerrado siete; porque...

BEATRIZ.-Porque el diablo te lleve, hombre, y quien acá te trajo. ¿Hay tan gran bellaquería? Yo vuelvo a desmayarme.

ESCENA VI

 Dichos, SARMIENTO, ALGUACIL.

SARMIENTO.-(Roldán se esconde de nuevo.) Ya que se han hecho las amistades, quiero que brinden y beban. ¡Hola! Traigan acá la cantimplora.

BEATRIZ.- ¿Áhora nos pone en eso? ¿No se da cuenta que estamos ocupadas sacudiendo estas esteras? (Muestra el palo.) Y tú, con ese otro, (A Inés.) démosle hasta que queden limpias.

ROLDÁN. ¡Ay! Ay, que me matan! ¡Ay! (corre y las dos mujeres lo persiguen)

ALGUACIL.- ¡Oiga! ¿Qué es esto? ¿No es aquel el bellaco de Roldanejo, el hablador?

INÉS.-El mismo.

ALGUACIL.-¡Dése usted preso,  dése preso!.

ROLDÁN.- ¿Preso dijo usted? y dijo muy bien, porque el preso no es libre, y la libertad...

ALGUACIL.-Que no, no; aquí no ha de valer la habladuría; ¡vive Dios! que va a ir a la cárcel.

SARMIENTO.-Señor alguacil, suplico a usted, que por haberse hallado en mi casa, esta vez no se lleve; que le doy mi palabra a usted de pagar la deuda que tiene, con qué se vaya del lugar  cuando cure a mi mujer.

ALGUACIL.-Pues ¿de qué la cura?

SARMIENTO.-De hablar.

ALGUACIL.-Y ¿cómo?

SARMIENTO.-Hablando; porque como habla tanto la enmudece.

ALGUACIL.-Estoy contento por ver ese milagro; pero ha de ser con condición que cuando  cure a su mujer, me avise usted para llevarlo a mi casa; porque mi mujer tiene la misma enfermedad, y me gustaría que me la curase de una vez.

SARMIENTO.-Descuide, señor alguacil, que cumplidos los siete años, yo le avisaré con gusto.

BEATRIZ.-Marido, por Dios, echadme desde luego de aquí este hombre, que yo prometo no dar lugar a que vuelva. (Arrodillándose.)

SARMIENTO.-(Levantándola.) Alzad, pues, y enmendaos, que no está bien de rodillas la que es señora de mi casa.

ROLDÁN.-Señora, dice usted, y muy bien dicho que está, porque Roma fue señora de todo el mundo

ALGUACIL.- (Interrumpiéndole.) Vete, pícaro hablador.

SARMIENTO.-No me desagrada el verso.

ALGUACIL.-Pues si no le desagrada, oiga; que yo tengo alguna vena de poesía.

ROLDÁN.- ¿Poesía ha dicho usted? Pues oigan y reparen vuestras mercedes: que no será peor la mía. Aquí he venido a curar una mujer habladora, que nunca supo callar,a quien pienso desde ahora enmudecer con hablar. Convidome este señor, y comeré yo en rigor aunque diga su mujer, por no darme de comer;-«Vete, pícaro hablador.»

BEATRIZ.-(Al público.) Un hablador es matraca; granizada, que apedrea, torbellino, que marea, y furia, que nadie aplaca. Cuando otro hablador le ataca, calla por breves instantes, y con bríos más pujantes sigue... ¡Qué dicha, señores, si todos los habladores hablaran como CERVANTES!

FIN 

 

 

 

 

 

 

 

 

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