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VNIVERSITAS

LOS LIBROS, TESOROS DE TODOS LOS TIEMPOS

31 Julio 2013 , Escrito por ALGOCAST Etiquetado en #COLABORADORES INVITADOS

jvanegasLos libros, tesoros de todos los tiempos


                                              Por: José Alejandro Vanegas Mejía                                                                        

 

 

 

 


Podría decirse que cuando se entra a una librería el mundo se sitúa delante del lector. Allí, entre tantos miles de páginas, está acumulada la historia de la humanidad, o parte de ella, si se trata de una librería especializada. La misma sensación se percibe dentro de una biblioteca. Pero hablemos de la colección de textos que se exponen en una librería. En mi caso personal, la vida de estudiante me permitió adquirir libros que en aquellos momentos no podía leer por falta de tiempo. La sola idea de que más tarde esas obras no se consiguieran con facilidad, me llevó a comprarlas para leerlas más tarde, ‘algún día’. Esa es la razón por la cual ahora, con el tiempo suficiente de una rutina sin horarios, dedico muchas horas a la lectura de algunos libros que permanecieron sin abrir. Otras joyas literarias, leídas con premura hace años, requieren hoy mi repaso o revisión y en ellas encuentro el indeclinable placer de entrar al mundo recreado por los autores.


Para ser coherente con lo expresado en las líneas anteriores, confieso que acabo de releer la ‘Divina Comedia’, de Dante Alighieri con el único fin de comparar y sacar conclusiones con la exposición que Dan Brown hace en su novela ‘Inferno’, publicada apenas en mayo de este año. Esas lecturas, pues, actualizan, refuerzan o por lo menos permiten contrastar opiniones sobre autores y obras. Hay personas dedicadas exclusivamente a la venta de libros viejos. Los más conocidos en el mundo occidental son los expendedores de textos raros y antiguos, establecidos en las orillas del río Sena, en París, muy cerca del Barrio Latino. Se les conoce como los ‘bouquinistes’, porque en francés ‘bouquin’ significa libro viejo. Allí, en sus quioscos, venden su mercancía a intelectuales verdaderos  y  aun  a  los  de  nuevo  cuño.


En algunas librerías importantes del país hemos encontrado secciones apartadas donde reposan obras que no han perdido mérito, a pesar del tiempo. En esos casos no es relevante buscar la fecha de su edición; mucho menos importa hasta dónde ha descendido su precio con el correr de los años; sólo interesa el contenido. De esa forma compré una vez, por pocos pesos, un libro excelente: “El Mediterráneo es un mar joven”, del escritor colombiano Eduardo Mendoza Varela. Mediante su lectura nos dejamos llevar por los escarpados senderos de las islas Córcega y Cerdeña, Grecia con sus históricos monumentos y, en fin, por los territorios bañados por el Mar Mediterráneo.    


El comprador de libros viejos puede pasar horas enteras delante de un estante antes de pagar por su compra. Podría pensarse que medita sobre el costo de una obra; sin embargo, eso es lo de menos, pues estos ejemplares, sin excepción, muestran una serie de precios tachados, siempre en descenso, hasta terminar con el que en ese momento debe pagar el cliente.  Lo que en realidad evalúa el comprador es el contenido del libro, para lo cual revisa el índice en busca de temas de interés.


Recientemente, en una librería de Santa Marta encontré uno de esos libros que debieron merecer mejor suerte cuando fueron expuestos por primera vez. Se trata de “Los buscadores de oro”, de Augusto Monterroso. En esta obra el narrador guatemalteco describe escenas de su vida, desde la infancia, sin omitir detalles que los lectores quisieran conocer. La prosa de Monterroso es de lo más castizo que se pueda encontrar. Sin embargo, en nuestra ciudad no se conoce suficientemente a este narrador centroamericano. Tal vez por eso no se vendió aquí el libro “Los buscadores de oro”. Una vez presté a un estudiante mi viejo ejemplar del poema de Mio Cid, lleno de comentarios de los editores más los subrayados míos. Me lo devolvió, porque era un libro muy viejo con hojas amarillentas. Pero tuvo la gentileza de darme las gracias. ¡De cuánta información se pierde quien no es capaz de hojear y ojear un libro que, aunque se le tenga relegado al olvido, no deja de ser interesante!

 

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