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DOS PILARES DEL GRUPO DE BARRANQUILLA

23 Junio 2016 , Escrito por José Alejandro Vanegas Mejía Etiquetado en #COLABORADORES INVITADOS

DOS PILARES DEL GRUPO DE BARRANQUILLA

Dos pilares del Grupo de Barranquilla

Por: José Alejandro Vanegas Mejía                             jose.vanegasmejia@yahoo.es

 

     José Félix Fuenmayor fue un escritor, poeta, periodista y político nacido en Barranquilla en 1885. Con el intelectual Ramón Vinyes inició lo que se conoce como el Grupo de Barranquilla o Grupo de la Cueva. Aunque generalmente se mencionan otros escritores como los principales integrantes de este grupo, no podemos desconocer la influencia de estos dos pioneros de las letras en la vida literaria de Gabriel García Márquez y Álvaro Cepeda Samudio. Para que no haya confusión, recordemos que José Félix Fuenmayor era el padre de Alfonso, el amigo que el Nobel colombiano menciona en varias de sus obras. Los méritos de José Félix Fuenmayor fueron reconocidos tardíamente, sobre todo en las antologías y manuales de literatura. Solo cuando el crítico uruguayo Ángel Rama destacó su importancia, el escritor fue destacado como pilar fundamental para comprender el fenómeno literario colombiano. Las obras de Fuenmayor han sido traducidas al inglés, al francés y al italiano. “Cosme” es considerada la primera novela urbana colombiana. Retrata la vida del joven Cosme en una sociedad que entra aceleradamente a la modernización. No oculta que el ambiente es el de la Barranquilla de comienzos del siglo XX. Esta narración nos recuerda la descripción que de la misma sociedad, pero varias décadas después, nos hace Marvel Moreno en su novela “En diciembre llegaban las brisas”. También escribió Fuenmayor: “Musa del Trópico”, “Una triste aventura de catorce sabios” y “La muerte en la calle”. Refiriéndose a este escritor, García Márquez afirmó: “Todos provenimos del viejo Fuenmayor”. A continuación comparó su técnica narrativa con la de Juan Rulfo en “El llano en llamas”.

     El Grupo de Barranquilla no habría existido de no ser por la presencia de un librero catalán llamado Ramón Vinyes y Cluet, nacido en Berga, Cataluña, España en 1882. Era un librepensador perseguido por el gobierno español debido a sus ideas independentistas por las que luchaba Cataluña. Vinyes vino a Colombia en 1913, se estableció en Barranquilla y fundó la Librería R. Viñas & Co., que de inmediato se convirtió en centro de la cultura en la ciudad. García Márquez no duda en llamarlo “el sabio catalán” y lo muestra como el promotor que facilitaba al grupo lecturas que de otra forma nunca hubieran conocido. Vinyes fundó la revista “Voces de Barranquilla” y en ella difundió la producción literaria de autores importantes de Colombia y América Latina. Aunque regresó varias veces a su ciudad natal, siempre volvió a Barranquilla, hasta cuando por última vez viajó a España y murió en Cataluña en 1952. Obras de teatro de Ramón Vinyes son; “El calvario de la vida” (1904); “Quien no está conmigo” (1929) y “Los que nunca se detienen” (1934). En narrativa escribió: “La ardiente cabalgata” (1909) y “Entre la boca de las nubes”.

     De los integrantes más renombrados del Grupo de Barranquilla se ha hablado en forma abundante, sobre todo de García Márquez. Alfonso Fuenmayor era el de más edad en el Grupo. Fue él quien descubrió que en un sector de Barranquilla existía un sitio llamado originalmente “El Vaivén” y allí acudió durante muchos años con sus amigos para conversar sobre literatura y otros temas culturales. Germán Vargas Cantillo tenía fama de ser el colombiano que más rápido leía textos escritos por otros; por eso participó como jurado en innumerables concursos literarios. Álvaro Cepeda Samudio es uno de los grandes promotores de la cultura colombiana de la segunda mitad del siglo XX. Introdujo en el país la tendencia llamada ‘Nuevo periodismo’, que combinaba crónicas noticiosas con visos de literatura.

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MAÑANA EL IDIOMA CELEBRARÁ SU DÍA

22 Abril 2016 , Escrito por JOSÉ ALEJANDRO VANEGAS MEJÍA Etiquetado en #COLABORADORES INVITADOS

Por: José Alejandro Vanegas Mejía                                    jose.vanegasmejia@yahoo.es

     El 23 de abril es el Día del Idioma. Se cumplen cuatrocientos años de la muerte de Miguel de Cervantes Saavedra, autor de ‘El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha’. Y como cada año, en esa fecha mucho se hablará de la necesidad de conservar este patrimonio nuestro y de velar por su uso correcto. Pero, a su vez, hay quienes consideran errado hablar de corrección e incorrección en el lenguaje, aunque es evidente que siempre habrá diferencias entre las múltiples maneras que utilizamos para comunicarnos en forma verbal. Siempre recuerdo el título de una obra monumental titulada ‘Ciencia del lenguaje y arte del estilo’, del lingüista español Martín Alonso. Es decir: el lenguaje es una ciencia pero el estilo es un arte.

     El Día del Idioma se instituyo por medio del Decreto 707 del 23 de abril de 1938, firmado por el entonces presidente de la República Alfonso López Pumarejo. Este decreto fue sancionado como Ley 2ª de 1960 por el gobierno colombiano a raíz del III Congreso de Academias de la Lengua Española, realizado en Bogotá.  Aparte de las notas que en otros momentos hemos publicado en relación con el lenguaje, encontramos a veces, como en esta ocasión, la oportunidad de hablar del castellano como lengua nativa. El 23 de abril, en colegios y entidades educativas se  dan a conocer actividades con las cuales se exalta la importancia del idioma en sus diversas manifestaciones. Las obras de teatro ensayadas durante tanto tiempo, las declamaciones que ponen a prueba la memoria de los participantes, la capacidad oratoria y hasta la presentación de mimos –que en realidad no necesita el lenguaje articulado– sirven para volver festivo el día consagrado al idioma.   

     Cuando pensamos que el lenguaje corre peligro por el uso que llamamos ‘incorrecto’ y por otros abusos que soporta la lengua de Cervantes, nos equivocamos. La lengua tiene sus propios mecanismos de defensa. Es por ello que las variaciones introducidas por el empleo de abreviaturas y de palabras mutiladas para satisfacer las necesidades que impone el lenguaje vertiginoso de las llamadas ‘redes sociales’, aunque causaron inquietud hace unos años, no anuncian la aniquilación de la lengua de Castilla.

     Una de las grandes preocupaciones de los defensores de nuestro idioma fue el uso de arcaísmos. Sin embargo los encontramos en textos como testigos de una lengua que se niega a morir y lucha a brazo partido contra su deterioro. De igual forma, inquietaba el empleo de neologismos en el habla cotidiana. Los neologismos o palabras nuevas eran considerados términos intrusos, los cuales había que rechazar; labor infructuosa en cualquier momento del desarrollo lingüístico, pues la ciencia, la tecnología, las artes y la cultura en general necesitan dar nombres a los elementos que ellas utilizan. Esos neologismos dieron paso a numerosos extranjerismos; consecuencia apenas lógica, puesto que los grandes inventos generalmente se dan en países de lengua diferente de la castellana. Se procedió entonces a españolizar extranjerismos al por mayor; empresa imposible en muchos casos. Los profesores de español decidieron establecer diferencias entre extranjerismos ‘necesarios’ y extranjerismos ‘innecesarios’. Los ‘necesarios’ entraron para quedarse. Con esa invaluable ayuda creció nuestro acervo lingüístico. ¿Cómo no llamar ‘jet’ a un avión que llegó para sustituir al que se impulsaba con la sola fuerza de sus hélices? La nueva realidad impuso un nuevo sustantivo para designarlo. La Real Academia Española, esa entidad que “limpia, fija y da esplendor”, ordenó que se dijera “avión a reacción”. Nadie obedeció y seguimos llamándolo ‘jet’.

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LA LENGUA CAMBIA, COMO TODO

17 Marzo 2016 , Escrito por JOSÉ ALEJANDRO VANEGAS MEJÍA Etiquetado en #COLABORADORES INVITADOS

Por: José Alejandro Vanegas Mejía                                     jose.vanegasmejia@yahoo.es

Todo cambia. La lengua no escapa a esta sentencia. Hace unos días leí en el periódico El Tiempo una columna titulada ‘La lengua viva’, del experto en redacción y creación literaria Fernando Ávila. Señala el lingüista usos que él había condenado pero ahora son admitidos por el Diccionario de americanismos de la Asociación de Academias de la Lengua Española. Los profesores de Español y Literatura también debemos celebrar que se haya aceptado el verbo ‘agredir’ como regular. Ya podemos decir ‘yo agredo a mi contrincante; tú agredes’. Lo mismo ocurre con ‘abolir’; por lo tanto es correcto decir ‘Si el Congreso abole esa ley…’. Sin embargo, no se acepta ‘yo abuelo, tú abueles”.

Hay en la lengua castellana muchos casos curiosos y a veces inexplicables; de ellos citaré algunos. Por ejemplo, el término ‘despavorido’ encierra la idea de pavor, miedo. Entonces, ¿al decir ‘huyó despavorido’ no podría entenderse que huyó sin pavor; es decir, todo lo contrario de lo que se quería expresar? La palabra ‘amovible’ significa que se puede remover o destituir, aunque por el prefijo ‘a’ podríamos pensar en todo lo contrario. Pero hay más curiosidades: el término ‘álgido’ (del latín algidum) significa muy frío. También se llama así al período culminante de algunos procesos; por eso cuando se discute algún tema en reuniones y se llega al momento de tomar decisiones se dice que se está en el momento álgido. Sin embargo, muchos creen que ese es el momento ‘caliente’, en el cual hasta pueden presentarse agresiones personales. Eso comprueba que la palabra ‘álgido’ puede pasar a significar ‘caliente’, a pesar de su origen en el antiguo latín.

Entre las dudas que nos acosan al usar el español está la siguiente: ¿La palabra ‘testaruda’ no habrá significado, en un estadio anterior de nuestra lengua, ‘testa dura’? ¿O testa ruda? En ambos casos nos dejaría la idea de una persona dura de entendimiento, para no emplear las palabras ofensivas ‘bruta’ o ‘torpe’ (que de todas maneras estoy mencionando aquí). Si eso es así, deberíamos utilizar mejor ‘testadura’ en vez de ‘testaruda’. Lo que ayer se condenaba hoy se acepta como normal. Por eso muchos usos que censurábamos, en el futuro serán de buen recibo en nuestro léxico. Para afirmarnos en lo que acabamos de decir, mencionemos una fuente a la cual nos remite constantemente la Academia de la Lengua: el Diccionario de Autoridades, cuya característica es poner como ejemplos palabras y expresiones utilizadas por los mejores exponentes de la lengua castellana de siglos pasados. Es decir: si Cervantes utilizó determinada expresión en una obra literaria del siglo XVII, ese uso se acepta como correcto, sin tener en cuenta lo anticuado que pueda parecernos.

No recomiendo la palabra ‘andara’, del verbo andar. Pero hace dos días, en un seriado de televisión colombiano un personaje dijo a otro, textualmente: “Que yo ‘andara’ con esos delincuentes en el pasado no quiere decir que sea uno de ellos”. Lo correcto, hasta hoy, debe ser “Que yo anduviera…” Sin embargo, habría que preguntarse si corregimos ya o es prudente esperar hasta cuando la Academia le dé su aval. Porque, entre otras cosas, el verbo ‘andar’, en su grafía no se diferencia mucho de ‘nadar’. Y a nadie se le ocurre decir ‘naduviera’ sino ‘nadara’. Conclusión: ¿Por qué es correcto ‘nadara’ y no lo es ‘andara’? Como diría el maestro de la televisión colombiana José Fernández Gómez: “Todo cambia, todo cambia”.

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HARPER LEE Y "MATAR UN RUISEÑOR"

13 Marzo 2016 , Escrito por JOSÉ ALEJANDRO VANEGAS MEJÍA Etiquetado en #COLABORADORES INVITADOS

HARPER LEE Y "MATAR UN RUISEÑOR"

Por: José Alejandro Vanegas Mejía                            jose.vanegasmejia@yahoo.es

La autora de la novela ‘Matar a un ruiseñor’ falleció el pasado 19 de febrero. Tenía 89 años. Su nombre: Helle Harper Lee, nacida en Monroeville, Estados Unidos, el 28 de abril de 1926.

No siempre ocurre que una obra literaria se convierta en exitosa producción cinematográfica. Se piensa que las cualidades de una novela pueden mermar en su tránsito al celuloide. Lo mismo se dice de un buen poema si se musicaliza su letra. Sin embargo, numerosas obras literarias excelentes han conservado su grandeza al pasar al cine. Es el caso de ‘El nombre de la rosa’, del recientemente fallecido Umberto Eco, ‘Lo que el viento se llevó’, de Margaret Mitchell y de otras novelas importantes basadas en narraciones literarias. Ya era costumbre leer entre los créditos de esas películas la expresión: “basada en la novela de fulano de tal”. Por supuesto, muchísimas novelas pésimas siguen siendo malas también como películas.

Hablando de ‘Matar a un ruiseñor’ es necesario señalar que detrás del sencillo título escogido por Harper Lee se desarrolla una historia trágica que merece reseñarse, aunque en forma somera, para descartar la idea de que simplemente se trata de dar muerte a un pajarito. Las acciones ocurren en el estado de Alabama, caracterizado por un racismo acérrimo durante mucho tiempo, aunque la narración se sitúa en la década de los años treinta del siglo XX. La ficción nos muestra la reacción de todo un pueblo que desea cobrar la ofensa de agresión física y violación de una joven blanca por parte de un muchacho negro. Un prestigioso abogado viudo, Atticus Finch (Gregory Peck en la película) se hace cargo de la defensa, pues cree que el negro es inocente. Durante el juicio el acusado, temeroso, huye y la turba lo persigue hasta darle muerte. Más tarde se comprueba que el propio padre de la joven agraviada fue quien la golpeó e inventó lo de la violación. El abogado tiene dos hijos: una niña de seis años, Scout, y un niño de diez, Jem. El pueblo les retira sus afectos y los mira con recelo. Una noche el padre de la joven tiende una celada a los niños, pero Boo Radley, “el loco del pueblo”, que se había encariñado con ellos, los salva y da muerte al agresor. A partir de ese momento el abogado emprende una convincente defensa. La niña expresa en pleno juicio que ahorcar al “loco”, un ser tan desvalido e ingenuo, sería “como matar a un ruiseñor”, pues su reacción obedeció a un impulso humanitario. Así surgió en la memoria de la narradora el título de la famosa novela, autobiográfica en gran parte.

En 1961 la escritora ganó el prestigioso premio Pulitzer. Antes de su conocida obra, Harper Lee había escrito la novela ‘Ve y pon un centinela’. Al publicarla en el 2015, vendió más de un millón de ejemplares solo en los Estados Unidos. Estuvo vinculada al escritor Truman Capote en la elaboración de ‘A sangre fría’, obra cumbre de este autor. Pero hay que destacar también el éxito alcanzado por el protagonista de ‘Matar a un ruiseñor’: Gregory Peck, quien obtuvo el Oscar de 1962 como mejor actor principal por esa película. Había sido nominado antes en cuatro ocasiones pero la distinción siempre se le escapaba de las manos. Realizó papeles destacados en cintas como ‘Las llaves del reino’ (1944), ‘La barrera invisible’ (1947), ‘Almas en la hoguera’ (1949), ‘Las nieves del Kilimanjaro’ (1952), ‘Moby Dick’ (1956), ‘Los cañones de Navarone’ (1961), ‘MacArthur’ (1977) y ‘Los niños de Brasil’ (1978), entre otras.

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CON EL CARNAVAL LLEGA LO INSÓLITO

7 Febrero 2016 , Escrito por JOSÉ ALEJANDRO VANEGAS MEJÍA Etiquetado en #COLABORADORES INVITADOS

CON EL CARNAVAL LLEGA LO INSÓLITO

 

Por: José Alejandro Vanegas Mejía                    jose.vanegasmejia@yahoo.es

Llegaron los carnavales; muy puntuales, para cumplir con la tradición. A muchas personas no les interesa saber qué son los carnavales; mucho menos saber cómo se originaron. Sin embargo no sobra decir que es una manifestación jocosa que permite al pueblo raso igualarse con las autoridades que lo gobiernan y burlarse de sus normas durante tres días cada  año. Claro que Mijail Bajtin, semiólogo y crítico literario ruso (1888 - 1975) va más allá y expone la teoría que denomina “carnavalización”, que en la literatura tiene que ver con las voces y acciones que van por debajo de los diálogos básicos en una novela. En palabras más sencillas, la carnavalización es la presencia de personajes que en forma soterrada irrumpen en la narración sin pedir permiso para hacerlo. Nótese la similitud de ese hecho con la irreverencia característica del carnaval.

Para no ir muy lejos: el señor Vicente Pérez, nacido en Camarones, Guajira, pero radicado en Barranquilla, cuenta que en 1941 vio en la Batalla de flores, en Barranquilla, a un hombre disfrazado de mico. Le llamó tanto la atención que, años más tarde, creó la “Danza de micos y micas del carnaval”, muy importante actualmente. El señor Pérez recibirá este martes 9 de febrero un homenaje que le ofrecerá la Fundación Carnaval S. A. en reconocimiento a su labor durante cinco décadas. Algo similar a la vivencia del señor Pérez presencié en mi niñez: había tres casas contiguas en una cuadra de mi barrio. En las dos de los extremos vivían sendos niños a quienes sus amorosas madres habían disfrazado de tigres, que era el vestido más frecuente por lo barato. Cada una de las esforzadas señoras ignoraba que el niño de su vecina luciría también un disfraz de ese felino. Cuando los niños salieron a la calle, cada uno se vio reflejado en el otro y hubo decepción, llanto y, por último, la consabida pataleta infantil y la pelea respectiva de sus “ofendidas” madres. Todo terminó cuando de la casa del medio salió el vecino, un hombre gigantesco, también vestido de tigre. Los tigrillos emprendieron veloz carrera en sentidos opuestos y el tigre mayor tuvo que corretearlos y solo descansó cuando regresó con los aprendices de tigre debajo de cada brazo. Parece un cuento, pero no lo es. En los carnavales ocurren hechos tan insólitos que el ruso Bajtin bien los habría podido tomar como ejemplos para su difundida teoría de la carnavalización.

El carnaval de Barranquilla es una fiesta signada por disfraces muchas veces estrafalarios entre los cuales están el Garabato, el Congo, el Torito, el Monocuco y la Marimonda. La Batalla de Flores data de 1903, introducida tal vez como desagravio colectivo y reparación simbólica por los daños causados por la Guerra de los Mil días, finalizada en 1902. Desde 1888 existía el Rey Momo, como contraparte de la Reina del carnaval.

El carnaval encuentra su espacio visible en días de febrero o marzo, dependiendo de la cuaresma entre los católicos. Pero su preparación, organización y perfeccionamiento ocupa a los barranquilleros durante todo el año. No es exagerado afirmar que las festividades carnestoléndicas del 2017 comenzarán este miércoles de ceniza, cuando aún esté caliente el cadáver del más alegre de los difuntos: Joselito carnaval.

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WILLIAM OSPINA Y LORD BYRON EN VERANO

28 Enero 2016 , Escrito por JOSÉ ALEJANDRO VANEGAS MEJÍA Etiquetado en #COLABORADORES INVITADOS

WILLIAM OSPINA Y LORD BYRON EN VERANO

William Ospina y Lord Byron en verano

Por: José Alejandro Vanegas Mejía                                  jose.vanegasmejia@yahoo.es

De William Ospina hay mucho qué decir. García Márquez, en varias oportunidades, señaló que la literatura colombiana en manos de este tolimense tiene garantizada su representación luminosa. Es, en verdad, un exponente, si no el mejor, de nuestras letras. Podríamos hablar de su poesía exquisita en su forma y profunda en su contenido. Lo hemos leído en “Hilo de arena”, “El país del viento”, “¿Con quién habla Virginia caminando hacia el agua?”, entre otros poemas. Pero el poeta, como investigador acucioso, recurre a su extenso bagaje cultural para brindarnos una obra excelente, alejada de su famosa trilogía conformada por “Ursúa”, “El país de la canela” y “La serpiente sin ojos”. Los citados trabajos literarios de William Ospina dejan en el lector la impresión de viajar con los personajes por el vasto territorio de  América del sur, por la inmensa selva del Amazonas. No conforme con esos textos, el escritor colombiano nos lanza a la aventura en el mar Caribe con su ensayo “Las auroras de sangre” en el cual saca a flote la despiadada explotación de los nativos buscadores de perlas en nuestras aguas marinas. Con base en los versos de Juan de Castellanos en “Elegías de varones ilustres de Indias”, Ospina trae al presente episodios trágicos que, de no haber sido por su pluma crítica, habrían quedado enterrados para siempre en las páginas del famoso poema. Recuérdese que las “Elegías” de Castellanos, con 113.609 versos endecasílabos, es el poema épico más extenso en lengua castellana.

Diferente de todo lo anterior, y sin abandonar la poesía que irriga su mente, William Ospina publica en prosa “El año del verano que nunca llegó”, obra en la cual nos presenta a dos escritores emblemáticos de la literatura universal: George Gordon Byron y Percival (Percy) Shelley. De estos dos poetas conocíamos las notas que a la ligera escuchamos en el bachillerato. Pero Ospina nos los muestra como seres humanos que interactúan en tertulias culturales y llegan a establecer entre ellos relaciones sentimentales.

Lord Byron nació el 22 de enero de 1788 y murió el 19 de abril de 1824. Precursor del romanticismo. A pesar del defecto físico que le hacía arrastrar su pie izquierdo, fue un Don Juan empedernido: se casó con Annabella Milbanke y fueron padres de Ada Lovelace; de su matrimonio con Clara Clairmont nació su hija Allegra Byron. El poeta fue amante de Augusta Byron, su propia hermana; también de la veneciana Teresa Guccioli; mantuvo relaciones eróticas con el médico  John William Polidori, autor de la novela “El vampiro”. En el campo literario Byron es muy conocido por sus obras “Las peregrinaciones de Childe Harold”, “Don Juan”, “Sardanápalo”, “El prisionero de Chillon” y “El corsario”. Sin embargo, el leitmotiv o idea central de este libro de Ospina es el fenómeno producido en el volcán Tambora en 1815, en el mar de Bali, Indonesia. Se considera la erupción más grande de los últimos mil años; causó una gigantesca oscuridad que dio origen a lo que llamaron ‘la triple noche’. Ginebra es la ciudad que Ospina escoge para condensar bajo su nublado cielo muchas de las acciones y conversaciones de Byron con Shelley. En la obra ocupa espacio importante la mansión de Byron en Ginebra, Suiza: Villa Diodati. “El año del verano que nunca llegó” es una obra de lectura obligada, no solo para conocer el arte narrativa de William Ospina sino para recorrer con el autor pasajes poco conocidos de Lord Byron.

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